Más que rufián o proxeneta,
el canfinfle es hombre que se deja querer.
Se contonea sobre sus tacos altos y luce su saco culero, adornado
con
trencillas de seda y botones de nácar. El canfinfle lujoso tiene
chaleco
de terciopelo o paño inglés, reloj con cadena y anillos que usa
sobre los guantes.
Es ante todo, el mantenido. La mujer que “hace la vida” lo mima,
lo viste,
le paga los vicios. El canfinfle, pasea su ocio, a fines del siglo
XIX y comienzos
del XX, por las carpas de la Recoleta donde se bailan tangos tocados
por algún trompa en licencia.
Es, también, bailarín obligado del “bailetín de vereda”, baile de
hombres solos al compás del organito.
Canfinfle, ¡dejá esa mina¡
¿Y por qué la voy a dejar?
Si ella me calza y viste
y me da para morfar.
Me compra ropa a la moda
Y chambergo a la oriental
Y también me compra botas
con el taco militar.
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